SOROKIN, PATRICIA:

"VIEJAS, FEAS, GORDAS Y LOCAS".


CONSTRUCCIÓN SOCIAL DE LA MENOPAUSIA Y SU RELACIÓN CON EL CONSUMO DE DROGAS.

MUJER Y SALUD REPRODUCTIVA

COSAS DE MUJERES: CLIMATERIO Y MENOPAUSIA

MENOPAUSIA Y CONSUMO DE SUSTANCIAS PSICOACTIVAS

A MODO DE CONCLUSION

 

MUJER Y SALUD REPRODUCTIVA

El tema de la salud de la mujer ha sido objeto de múltiples análisis y consideraciones por parte de la medicina, que intentó dar respuesta a fenómenos del campo de la salud desde un enfoque monodisciplinario.

A pesar de que a fin de la década del 80 comienzan a aparecer nuevos aportes conceptuales relacionados con la salud de la mujer (Bermann, 1987; Eibenschutz y otros, 1987;  Barroso, 1989; Fee, 1989; Cardaci, 1990; Gómez, 1990), la literatura médica y de la salud pública denotan un énfasis prácticamente excluyente en los aspectos clínicos y epidemiológicos de los riesgos y daños que la afectan, en especial los riesgos aso­ciados al proceso biológico de la reproducción.

Dichos estudios clínico-epidemiológicos acerca de los daños y los riesgos que afectan a la mujer y aquellos relacio­nados con la descripción de las diferencias entre los sexos, han genera­do un conocimiento sumamente valioso que permitió avanzar en el campo específico de los estudios de género a partir de estos desarrollos teóricos.

Al trascender el refe­rente empíri­co-biológico (variable demo­gráfica) y ubicar a "la mujer" como una categoría de análisis socialmente construída, se incursio­nó en el ámbito de las relaciones entre lo que significa "ser mujer" y "ser varón".

Por ello resulta necesario distinguir entre los conceptos de sexo que alude a los aspectos biológicos que hacen a la geni­talidad y a la reproducción, y género que se circunscribe a aquellos valores psicológicos, sociales y culturales que determinan un rol esperado para la mujer y para el varón de acuerdo a las expectativas sociales.

Estos estudios epidemiológicos han permitido el acceso  a información acerca de los problemas de salud de las mujeres y fundamentalmente pusieron de manifiesto las desigualdades sociales y la situación que padecen las mujeres en el contexto de un sistema sanitario que refuerza la desigualdad en el acceso a la salud. 

Uno de los obstáculos epistemológicos más frecuentes se vincu­la con la dificultad en la obtención de cifras que indi­quen cuantitativa y cualitativamente el estado de salud de la población femenina. 

Respecto de los datos disponibles, debe­mos realizar una distinción entre la tasa de mortalidad mater­na y la tasa de mortalidad femenina general, ya que el motivo de la defunción obedece a causales diferenciadas:

a)   el mayor porcentaje de muertes generales en las mujeres (comparativamente con los varo­nes) está  determinado por  enfer­medades cardio-vasculares, diabetes, cáncer después de  los 35 años. Analizando las cifras obteni­das por la Orga­niza­ción Panamericana de la Salud (OPS) se sugiere que  todas ellas se relacionan con los riesgos asocia­dos a la  utilización de anticonceptivos o con la denomi­nada "plani­fica­ción fami­liar", dado que las enfermedades cerebro-vascula­res y cardio-vascu­la­res estarían estrechamente vincula­      das al uso de anti­concepti­vos orales y hormonales.  (Fuente: OMS/OPS-INDEC[1]).

Sin embargo, esta relación no es causal ni unívoca, ya que  respecto de las enfermedades cardiovasculares, hasta el perío­do menopáusico las mujeres se hallan en una situación  "privilegiada" frente a los varones en relación a la proba­bi­li­dad de  sufrir un infarto de miocardio (relación de 1  a 7) debido a la presencia de estrógenos que actúan como hormona anticoleste­rol. Tras la menopausia esta posición de "ventaja" se equipara.

Las mujeres, a partir de la década del 60 y tras la irrupción de los anticonceptivos orales conocidos vulgarmente como "la píldora", debieron superar condicionamientos socioculturales que consideraban la práctica sexual como el paso previo a la procreación; his­tó­ricamente se asimilaba sexo con maternidad y todo acto sexual que tendiera exclu­siva­mente a la búsqueda de "pla­cer" se conside­raba un "peca­do". Tales condicionamientos no han sido modifi­cados totalmen­te; aunque en la actualidad el preservativo (enten­dido como método de evitar embarazos no deseados) ocupa­ria el lugar de  rechazo religioso que anteriormente tuviera  "la píldora, generandose tambien un debate social acerca de las implicancias del preservativo como mecanismo de prevencion para evitar la transmision del VIH-SIDA.

b) La temática de la reproducción presenta una contracara  actualmente en cuestión llamada "aborto"que representa un  problema de salud pública. La mortalidad materna está causada por toxemias (casi superadas en el mundo industria­li­zado), hemorragias y complicaciones post-parto (Fuente:INDEC); las dos últimas nos remiten a condiciones de vida precarias, falta de atención médica oportuna y deficiente calidad de los servi­cios asistenciales de salud.

La Organización Panamericana de la Salud (1990)[2], publicó los resultados de investigaciones realizadas en el ámbito del Gran Buenos Aires, acerca de la subnotificación de la mortalidad materna. Las cifras oficiales subregistraban la realidad de la muerte de las mujeres, donde el 50% de las cifras corres­pondía a abortos; un 29% correspondía a morta­lidad materna durante el parto, hecho que podría haber sido evitado aproximadamente en un 70%.

La medicina, es también capaz de producir directamente rique­za, en la medida que la salud es objeto de consumo, cuyos "compradores/as" son los enfermos/as o supuestos enfermos/as: en tanto se produce una ecuación salud=consumo de diversas alternativas médico/farmacológicas.

La estructura sanitaria se transforma entonces en una mercan­cía que ingresa al mercado al incorporar una oferta que espera ser demandada: ello ha justificado la dependencia de la mujer hacia el sistema sanitario.

COSAS DE MUJERES: CLIMATERIO Y MENOPAUSIA 

Si bien los estudios citados precedentemente proponen priori­dades epidemiológicas y hacen hincapié en la etapa reproducti­va de la mujer, resulta importante plantear que el tema de la menopausia y los riesgos asociados al consumo de sustancias psicoactivas no forman parte de dicha prioridad.

Sin embargo, debe tenerse en cuenta que el porcentaje de consumo más elevado de benzodiazepinas (BZD) en la población femenina se concentra en la franja etaria entre los 41 y los 50 años, dando cuenta de que dicha temática puede ser conside­rada "alarmante".

La ausencia de cifras que indiquen consumos de sustancias psicoactivas, genera la aparición de datos que carecen de sustento teórico y/o empírico. Aún con estas dificultades creemos que se trata de una temática grave y que dicha grave­dad podría incrementarse de no existir medidas preventivas y políticas públicas encaminadas a su resolución.

La menopausia (del griego men=mes lunar y paysis=pausa o cesación) es un proceso natural [3], universal e inevitable para todas las mujeres. A pesar de ello, no existe un traspaso de experiencias de madres a hijas; a nivel médico las investi­ga­ciones reciben difusión sólo en los foros ad hoc y en conse­cuencia no hay visibilidad social del tema, subsistiendo sobre la materia un estado de silencio, misterio y pre-juicios.

Este silencio social y este desconocimiento por parte de las mujeres es aún más profundo que el que existe respecto de otras etapas vitales que también implican cambios físicos, tales como la menarca y el embarazo. Ello serviría para explicar porqué muchas preguntas aún esperan ser formuladas y posteriormente respondidas.

El climaterio y la menopausia constituyen para la mujer un período vital "normal" que sin embargo es vivido con miedo, angustia, temor frente al inexorable paso del tiempo. Autoras como García Arzeno, M. E (1984) y Deutch, H (1970) hallan coincidencias entre el "síndrome climatérico" y la pubertad-menarca.

Por otra parte, Videla, M; Leiderman, S; y Sas, M (1992)[4] definen al climaterio como una fase de transición entre la etapa de reproducción y la etapa no repro­ductiva. Para ello se basan en la definición de la Organización Mundial de la Salud (OMS) que le atribuye englobar "el período que precede a la menopausia, durante el cual aparecen los signos endocrinológi­cos y/o clínicos precursores de la proximidad de la menopausia y por lo menos el año siguiente a las últimas menstruaciones".

Asimismo, para la Sociedad Internacional de Menopausia el climaterio es "una etapa de transición reproductiva en donde tanto para el hombre como para la mujer se producen cambios biológicos, psicológicos y socioculturales".

Sintetizando, se trata de una etapa que abarca aproximadamente 15 años (a partir de los 40 y hasta los 55 años) antes y después del último período menstrual, y en la cual el cuerpo femenino experimenta transformaciones. Empero, el síndrome climatérico no es uniforme, desconociéndo­se por falta de estudios empíri­cos y/o teóricos las causas por las cuales entre un 20 y un 30% de las mujeres no presentan síntomas.   

Los mismos autores conceptualizan a la menopausia como el cese definitivo de los períodos menstruales y, más específicamente a la última menstruación, como consecuencia de la pérdida de la actividad ovárica folicular.

La menopausia es un momento del climaterio que, ocurre aproxi­madamente a los 50 años y está sujeta a la influencia de diver­sos factores: personales, genéticos, hereditarios, am­bienta­les, sociales y culturales.

Esta etapa del ciclo vital femenino tiene un creciente recono­cimiento en los países centrales, contrariamente en Améri­ca Latina (y en Argentina en particular), recién comienzan a difundirse artículos de divulgación sobre "la mujer climatéri­ca" de carácter abstracto y general.  

En el campo del desarrollo bio-psico-social, la proliferación de estudios en América del Norte y en Europa, destacan la relevancia del tema al relacionar los aspectos vinculados al desarrollo del yo y de la personalidad con los procesos bioló­gicos y con el desempeño de roles en la estructura social,    (especialmente en el ámbito familiar), en un tiempo histórico y atravesados por una cultura determinada.

Este campo incluye teorías con diferentes matices. Entre ellas, la del "ciclo de vida", desarrollada por Neugarten (1968) y Elder (1987); la del "curso de vida" de White (1952) y Cohen (1987); la del "lapso de vida" de Lachman (1984); y la de la "estructura de vida" de Levinson (1986).

Baruch y Brooks-Gunn (1984) plantean que los trabajos sobre adultez y envejecimiento definen a menudo la edad madura como un período de transición hacia la vejez, en el que se juntan fuerzas, salud, dinero y relaciones sociales para poder afron­tar las penurias de la última etapa de la vida.[5]

Son escasos los trabajos que hagan referencia a las posibili­dades de crecimiento, satisfacción y poder que pueden llegar a desplegarse. Asimismo, el énfasis negativo, estereotipado y lúgubre que tienen los estudios sobre la mitad de la vida (midlife) podría obedecer a dos razones justificantes:

a) hasta la década del 70 los estudios sobre la "edad madura" se focalizaron en los varones y los temas principales eran la angustia ante la muerte y la inadecuación del propio logro.

En apariencia estos temas no serían prioritarios para las mujeres en esta etapa vital, ya que el porcentaje de mujeres mayores de 60 años las colocaría en una posición ventajosa de "distancia frente a la muerte" respecto a la población mascu­lina.

Por otra parte el tema de la "realización" ocupacional en las mujeres que eran jóvenes en la década del 60 aparece en cues­tión.

Ello responde a que sus modelos anteriores sólo aspiraban al "logro" de expectativas sociales basadas en el matrimo­nio y la mater­nidad; en tanto ellas accedieron masivamente a los estu­dios secundarios, terciarios y/o universitarios, hecho que les causó incertidumbre y pérdida de referentes y las convir­tió en la franja de mujeres que actualmente transi­tan por la menopau­sia.

Estas mujeres accedieron al espacio de lo público y al espacio de lo privado simultáneamente, y se hallan ante una disyuntiva difícil que radica en la calificación del género.

Ellas no pueden ser simplemente madres, sino que deben ser "buenas madres", no pueden ser solamente profesionales, sino que deben ser "profesionales exitosas", y este "deber ser" muchas veces impide u obstaculiza el "ser".

b)    La asociación entre la menopausia y el "sindrome del nido vacío", se sustenta en la creencia de la existencia de una mujer cuya vida gira alrededor de sus hijos y su esposo, entendiéndola como un satélite sin vida propia, imposibili­tada de desligarse del rol materno.

MENOPAUSIA Y CONSUMO DE SUSTANCIAS PSICOACTIVAS

Ello nos motivó a elegir el tema de la menopausia como un período vital de cambio y transición, que debido a condi­ciona­mien­tos socia­les, mitos, estereotipos y prejuicios suele ser percibido por el imaginario social como el paso previo hacia la vejez y la inutilidad.

Dicha percep­ción se sostiene en las  ecuaciones mujer=madre y vida fér­til=vida útil, las cuales le asignan a la mujer enti­dad como tal -excluyentemente- en tanto poseedo­ra de capacidad repro­ductiva.

La pérdida de la capacidad reproductiva es asociada cultural­mente con la noción de "vacío", generando en las mujeres climatéricas y menopáusicas la necesidad de lograr la "eterna juventud" como única forma de no sentirse en una situación de minusvalía social y sexual.

Un mito en circulación remite a la tan mentada desaparición del deseo sexual, hecho en que "los otros" (la sociedad) determinan la finalización de la vida sexual a partir de la menopausia, asociando la pérdida de la capacidad reproductiva con la pérdida de  la sexualidad/genitalidad.

Sin embargo, gran cantidad de mujeres esperan ansiosamente la llegada de la menopausia para poder ejercer una sexualidad más libre y menos condicionada por el uso de anticonceptivos, que no son inocuos.

El comportamiento sexual referido por mujeres profesionales en edad repro­ductiva refleja la falta de placer durante las relaciones sexuales, debido a la presión que ejerce  un poten­cial embarazo no deseado, aunque ocultan esta situación de angustia por miedo a ser abandonadas por su pareja.

También refieren (en su gran mayoria) la obligatoriedad del uso de anticonceptivos orales, que se instalarían en el lugar de un ritual adictivo.

Creemos que mediante la presión social puede estar ejerciéndo­se una inducción al consumo de sustancias psicoactivas que podría desencadenar en abuso.

En este sentido Burín, M (1990) considera que el principal "grupo de riesgo" está constituído por mujeres de edad media­na, de medios urbanos o suburbanos, dedicadas al espacio de lo privado (hogar, cuidado de los hijos) o por aquellas mujeres que realizan una doble jornada laboral (intra y extradomésti­ca). Todas ellas llevan a cabo tareas consideradas "stressan­tes", las que favorecerían el uso de psicofármacos al crear un "terreno propicio".

Burín plantea que los datos disponibles (respecto al consumo de tranquilizantes por parte de las mujeres) son fragmentarios y contradictorios; sin embargo obtiene cifras sumamente signi­ficativas al aseverar que las mujeres constituyen el 66% del mercado consumidor de benzodiazepinas (BZD).

A propósito de ello, Assem, M (1992) sostiene que el extendido consumo de BZD se halla condicionado por la opinión generali­zada y difusa respecto de su inocuidad; opinión que a su criterio se sustenta en la desinformación. Por lo tanto al no poder predecirse quiénes pasarán de un uso ocasional a la dependencia total, el empleo de BZD constituye un riesgo, en tanto el mayor peligro de los psicotrópicos radica en el hecho de que las pacientes se sienten compelidas a continuar experi­men­tando el efecto reforzador de la sustancia aún tiempo después de finalizado el plazo de prescripción médica. Asimis­mo, la administración crónica altera a menudo el estado fisio­lógico normal, de modo tal que la persona que hacía abuso se convierte en dependiente de la sustancia para prevenir males­tares asociados al síndrome de supresión.

El síndrome de abstinencia refleja la presencia de dependencia y se manifiesta luego del retiro brusco de la sustancia que ha sido adminis­trado en dosis terapéuticas. El síndrome de absti­nencia inclu­ye, según Monti, J (1993) las siguientes caracte­rísticas:

a)      síntomas inespecíficos (insomnio, irritabilidad, cefalea y nauseas);

b)       alteraciones en la esfera perceptiva de naturaleza cuantitativa (­hipersensibilidad al ruido, la luz, los olores y el tacto) y cualitativa (síntomas kinestésicos, ópticos, acústi­cos, y olfatorios);

c)       síntomas graves aunque menos frecuentes (despersonaliza­ción, paranoia y convulsiones).

Debido a que muchas de las características precitadas son compartidas por los cuadros de abstinencia a la sustancia habitualmente consumida y por el denominado "síndrome climaté­rico", creemos fundamental un diagnóstico acertado a fin de no confundir los síntomas y evitar la medi­calización o la autome­dicación, ya que nos hallaríamos frente a un círculo vicioso.

A pesar de la inexistencia de datos actualizados que permitan determinar el grado de consumo de alcohol por parte de las mujeres climatéricas, la ausencia de dicho dato es un dato en sí mismo.

"La copita antes de dormir" puede ser entendida como la inter­nalización de un hábito adictivo alcohólico más que como un modo de dormir mejor, ya que el insomnio podría vincularse con la presencia de bochornos nocturnos y probablemente las modi­ficaciones en los hábitos del sueño se deban a cambios orgáni­cos, producto de la disminución de los niveles de hormonas sexuales. En la actualidad se estudia la relación potencial entre el alcohol y el consumo de BZD a fin de evitar el sín­drome de abstinencia alcohólica, y las formas mixtas.

La relación entre menopausia e insomnio  no ha sido aún debi­damente estudiada y los "consejos" acerca de la hi­giene del sueño tienen poco anclaje con este período vital.

Dado que el insomnio tiene numerosas causas, las indicaciones para su tratamiento varían de acuerdo a su etiología. Pese a ello, gran cantidad de mujeres recurren a la automedicación de hipnóticos que les permitan inducir el sueño; se basan­ en los supuestos resultados rápidos (que relatan sus amigas o allega­das), desestimando la importancia de una con­sulta médica oportuna que deter­mine el origen y las causas de los trastor­nos en el sueño, y que analice ese síntoma como parte inte­grante de un todo y no tan sólo espe­rando que desa­parezca a la brevedad.

Las presiones sociales y los condicionamientos socioculturales adquieren en la etapa climatérica un espacio preponderan­te; si a ello adicionamos la carencia de una educa­ción sanita­ria pre­ventiva nos hallamos ante un período vital en el cual se incrementan los consumos de psicofármacos...quizá como un grito silencio­so.

La menopausia se reconoce socialmente como la "edad crítica", y es identificada con la "madurez" de la mujer, siendo consi­derada vulgarmente como la "tercera edad". Asimismo, se con­traponen valores éticos y estéticos como la belleza, la juven­tud, la bondad y la alegría a la fealdad, la vejez, la maldad y la locura.  

Por otra parte, como consecuencia de las políticas llevadas a cabo por los medios masivos, se asocia belleza con juventud y delgadez. Obviamente, el ideal femenino vigente se corresponde con una mujer cuasi anoréxica, sumamente alta y cada vez más joven...o más niña.

Poseer un físico atractivo, estar siempre linda y mantenerse joven implica como condición sine qua non de enormes esfuerzos de "autocontrol". Se suman a ello los "remedios de venta libre": diuréticos, laxantes, todo tipo de cre­mas  reductoras y de gel anticelulíticos que se promocionan como capaces de "mejorar el cuerpo sin sufrimientos". La confianza irracional que se deposita en las cualidades de dichos produc­tos podría vincularse con la atribución de una entidad mágica a las sustancias automedicadas; pero de algún modo este tipo de situaciones se enmarcan dentro del estado actual de los sistemas de salud.

En este sentido, la realidad sanitaria de los hospitales públicos con la consecuente dificultad de acceso a la salud provocarían automedicación (en el caso que la paciente disponga de los recursos económicos que le permitan solven­tar los gastos en  medicamentos). Por lo tanto, el cuidado de la salud de habría convertido en un artículo suntuario.

Ello podría condicionar sentimientos de crisis de identidad ya que los medios masivos inducen permanentemente al consumo y la recesión económica no permite consumir.

Si la mujer climatéri­ca, se ve obligada a no envejecer y a ser vista como un "obje­to de deseo" y no como un "objeto de museo" sus esfuerzos por lograr satisfacer las expectativas sociales siempre serán escasos frente al modelo ideal de la somatofilia (amor por el cuerpo).

Para la cultura occidental y fundamentalmente en los tiempos del post-modernismo envejecer implicaría una pérdida de pres­tigio social: el auge de los gimnasios, lifting, dietas y spa, darían cuenta de ello. A las mujeres se les presenta otro circuito basado en la búsqueda de respuestas artificiales  que incluye en distintos niveles, psicofármacos, cuidado corporal y esoterismo.

El aumento de tarotistas, videntes, sectas y aguas curativas pareciera explicar que ante la ausencia de la respuesta espe­rada por parte del saber científico, las muje­res recurren al saber popular.

Creemos que la mujer es una buena consumidora de todo aquello que se muestre como pensado, diseñado o inven­tado para ella, tal vez porque los medios masivos y la presión social le permitan sentirse protago­nista...sin perci­bir que este coctel incluye su propio dete­rioro.

Si bien en apariencia pudiera ser posible suspender o retrasar el envejecimiento a través del cuidado corporal, ¿cómo lograr evitar la finalización del período menstrual que responde a cuestiones biológicas?. 

Tal vez una de las problemáticas sociales más descuidadas sea la de las relaciones de género entre los grupos que enveje­cen.

Debe tenerse en cuenta que, históricamente, la mujer fue objeto de omisiones y en escasas oportunidades se la consideró con la entidad de sujeto.

Sin embargo, la aparición en Argen­tina de grupos de tensión social (Madres de Plaza de Mayo y jubiladas que reivindican sus derechos) generaron la posibili­dad de pensar en mujeres menopáusicas y post-menopáusicas involucradas en la defensa del derecho a la vida, sin esperar pasivamente la llegada de la muerte.

En oposición a esta postura militante, aparece una "nueva militancia" que postula aquellos ideales hippies de la década del 60: "paz y amor", siendo creciente la difusión que recibe actual­mente el movimiento denominado "new age".

Su prédica se basa en la meditación, el quererse a uno mismo, un exacer­bado cuidado corporal; sus referentes más populares en la Argentina son la actriz-cantante Nacha Guevara (una señora menopáusica con apariencia eternamente joven aún siendo abue­la) y la conductora-actriz Cris Morena (una señora clima­térica cuyo aspecto, modo de vestir y código lingüístico remiten a la edad de sus hija adolescente)[6] y la actriz cinematogr'afica de inconfundible voz Graciela Borges...inefable.

La identificación masiva con estas "diosas" resulta difícil, provocando en las mujeres climatéricas "comunes" sentimientos de vejez anticipa­da, frustración, o depresión al no poder alcanzar un modelo femenino ofrecido como arquetípico, el cual es ideali­zado aún siendo inalcanzable y posible induc­tor de una crisis de identidad.

Utilizamos el vocablo "crisis" para definir a la menopausia, ya que alude a una etapa  mportante en la vida de las mujeres. A pesar de la asociación del concepto "edad crítica" con los procesos biológicos conocidos con el climaterio y la menopau­sia, éste trasciende el campo médico y hace referencia a las nociones de cambio o crisis tanto a nivel intrapersonal como interpersonal e intergrupal.   

La palabra griega "krisis" significa lucha, esfuerzo, separa­ción, división, cambio, mutación, cuestionamiento, protesta, decisión.

Para la medicina se trata de un cambio considerable  y súbito (favorable o adverso) que se efectúa durante un proceso de enfermedad. Por ejemplo, para Quiroga, A (1984) es una ruptura en la cotidianeidad que "duele" y abre paso a la crítica como análisis al separar, romper con la rutina y despojarla de su carácter "natural". Esta ruptura entre nece­sidades y satisfac­ciones socialmente disponibles genera una sensación se ansie­dad, angustia e inseguridad. Al definir a la crisis como algo doloroso ésta adquiere la entidad de síntoma clínico.

Creemos pertinente hacer notar la influencia médica al consi­derar a este "conjunto de síntomas" un "síndrome" que comple­menta la "enfermedad menopáusica. Al respecto, señala Oliver (1981) que "el problema no es la patología, aunque puede haber conductas que bordeen lo patológico. El problema es una tran­sición vital normal que, como otras transiciones vitales, está a menudo acompañada de stress, requiere guías en su direc­ción, en sus actitudes y en la reestructuración de sus rela­ciones".

En tanto, Caplan, G (1964) con su teoría de la crisis hace referencia a una  persona que enfrenta siempre situaciones que requieren una resolución activa de los problemas, cuya supera­ción se basa en reacciones y mecanismos habituales.

La identificación entre mujer menopáusica y "vieja histérica" pareciera referir a la etimología de la palabra histeria que significa "útero", de lo que se desprende la vinculación establecida por el imaginario social para caracterizar a una mujer desde aquello que ha perdido y que se simboliza como capacidad. De este modo, se le atribuye a las mujeres una identidad negativa, esto es, se la identifica con un órgano  del aparato reproductor que ha perdido efectividad.

El imaginario social también descalifica a aquellas mujeres a quienes les fue extirpado el útero, "fueron vaciadas", consi­de­ran­do que la imposibilidad natural de gestar hijos (sin recu­rrir a las técnicas de fecundación asistida) las ubica en una situación de minusvalía social, ya que no pueden cumplir con el mandato atribuído a su género: la reproducción de la espe­cie.

Deutch, H (1970) afirma que el climaterio y la menopausia anticipan en la práctica, el sentimiento de vejez en las mujeres; es decir, cuando éstas pierden su capacidad reproduc­tiva, sienten que comienzan a envejecer. Este sentimiento aparece en los varones dos décadas más tarde con la pérdida del prestigio sexual. La significación psicosocial que se le atribuye al climaterio y a la menopausia podrían ser desenca­denantes de conductas adictivas que se sustentan en la búsque­da de la "eterna juventud".

Por ello, es importante tener en cuenta que la mujer que recurre a sustancias psicoactivas para solucionar "síntomas"  está "ejerciendo un modelo de identificación sobre sus hijos­/as, que podrían imitar conductas adictivas sin cuestionar­las". [7]

Gran cantidad de mujeres concurren a los profesionales de la salud buscando un respuesta mágica "para su problema" y la "solución" es recetada: terapia de hormonas.

Menéndez, E (1984) sostiene que la estructura de salud occi­dental es autoritaria y estratificada en sí misma. Los médicos están en la cúpula y el/la enfermo/a en la base; en consecuen­cia la mujer está -nuevamente- en la base aún cuando la meno­pausia no sea una enfermedad. Para este modelo las causas de las enfermedades son biológicas y no sociales y la cura se ejerce exclusivamente a través de lo biológico.

Además, medi­caliza todo síntoma y finalmente termina por callarlo, pero al decir de Mannoni más allá del síntoma que debe ser reeducado, en primer término existe un mensaje que debe ser oído...o mejor aún, creemos que debería generarse un espacio de escucha, con el propósito de evitar que el médico se convierta en "la droga"  o en el instrumento que provoque iatrogenia.

Freud, S (1926) sostenía que "...nadie se asombra si el "médi­co de los nervios" no sana a sus enfermos...y precisamente no es mucho lo que se puede hacer, tienen que ayudar la naturale­za y el tiempo. Es que en la mujer primero viene la menstrua­ción, después el matrimonio y más tarde la menopausia. Al final, lo que efectivamente ayuda es la muerte".

A MODO DE CONCLUSION

Las características propias de la menopausia (sudoración, humor cambiante) provocan modificaciones en la comunicación intra y extrafamiliar. En este punto aparecen los antidepresi­vos automedicados o los ansiolíticos recetados que inician una cadena adictiva que se completa con terapia de hormonas.

Pese a ello, existen controversias respecto a la medicaliza­ción a través de la denominada "terapia de reemplazo de estrógenos" (TRE) debido a sus efectos colaterales: hiperten­sión, tromboembolismo, cáncer endometrial y litiasis biliar. Quizá la administración de estrógenos genere en ciertos secto­res de la comunidad científica mayor temor a los efectos potenciales que a los supuestos resultados.

Fundamentalmente, en este período, la mujer debiera ser obser­vada desde un enfoque interdisciplinario -que enfatice los aspectos psicosociales y no tan sólo médicos-, ya que se trata de un momento de gran desorganización coincidente con:

a)      situación personal: crisis de identidad, fin de la capaci­dad reproductiva.

b)      relación materno-filial: hijos adolescemtes o jóvenes que comienzan a ejercer una sexualidad activa.  

c)      relación conyugal: marido climatérico, andropáusico, "sin­drome del nido vacío".

d)       relaciones sociales: presión social para buscar la "eterna juventud", mensajes contradictorios tales como "la vida empieza a los 40" ¿y termina a los 50?.

A ello se suma la situación de competencia consciente o in­consciente respecto de sus hijos en tanto jóvenes y poseedores de capacidad reproductiva.

Dado que ancestralmente se transmi­tió la idea de vida fértil=vida útil, pareciera que luego de la menopausia sólo resta jubilarse (en caso que la mujer trabaje) o cuidar a los nie­tos. Es creciente la cantidad de mujeres cuyo "trabajo" con­siste en el cuidado de los nietos y en "ayudar a sus hijos".

Ese sentimiento de "vacío" que provocaría la menopausia, se encubre con el rol de abuela, obturando toda posibilidad de ocupar un lugar aún joven, ya que se privilegia la disponibi­lidad horaria por sobre la experiencia, desnaturalizando con ello la "abuelidad" y su importancia para las nuevas genera­ciones y para el sistema social.

El paradigma de la salud prevaleciente valoró el alargamiento de la vida por sobre las condiciones de la misma. Se enfatizó el cúanto tiempo se vive por sobre el cómo se vive.

Quizá el mayor desafío consista en mejorar la calidad de vida y no simplemente evitar la muerte.

 

BIBLIOGRAFIA Y NOTAS:

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[1] Mujer Genero y Salud. OMS. Buenos Aires. Noviembre 1991

[2] Gomez, E: "Perfil Epidemiologico de la Salud de la Mujer en las Americas". O.P.S. Washington.D.C. 1990.

[3] excepto en los casos de cirugías mutilantes.

[4] Videla, M; Leiderman S; Sas, M;"La Mujer, su Climaterio y Menopausia". Ed.5. Buenos Aires. 1992.

[5] Lopez, A: Informe de investigacion. FLACSO. Bs. As. 1990.

[6] Las actrices mencionadas fueron jovenes en la decada del 60 y actualmente postulan los mismos ideales hippies, excepto el sexo libre (por vivir en la era del SIDA) y las drogas (hacen alarde de no tomar alcohol y de basar su dieta en la comida macrobiotica). Pese a ello las mujeres que desean imitarlas consumen diversas sustancias psicoactivas y concurren a todo tipo de terapias de rejuvenecimento, sin lograr los resultados supuestamente esperados de acceder a la elasticidad corporal y a la imagen juvenil de aquellas a quienes desean emular.

[7] Sorokin, P: Informe final de la investigacion "Drogadiccion y Mujer Joven". Programa de Becas para el Desarrollo-Instituto Nacional de Juventud. Bs. As. 1990.